Cada vez escucho más débiles los latidos de su corazón cada vez que ingreso a la sala del trono y le veo en la majestad de su estirpe, le recuerdo en los días de gloria en los que su corona brilló como ninguna y solo verle era como ver al astro sol moverse entre los hombres, envuelto en magnificas purpuras que eran indignas para la belleza de aquel caballero que era como ninguno ha existido ni existirá. Su valor lo llevo a la gloria que hoy le mira con desprecio y abatido de los Dioses, pero él no es un indigno es El Rey.
Recuerdo sus rizos dorados, sus ojos violetados, su piel como pétalo de lirio sonrojado, su sonrisa confiable que podría derrumbar toda la oscuridad de mi corazón, su porte de caballero, su contextura fuerte, su voz armoniosa y su facilidad para tener al mundo a sus pies. Todo un ángel bañado en hermosa luz que podía levantarme del sueño de la muerte solo con el reflejo de su sombra, el amado, a quien era difícil no amar. Ha empalidecido y se ha convertido en un mármol que duerme sin esperanzas posibles para despertar, el castillo se sumergió en las tinieblas y yo con él. Mis demonios que atormentan:
- ¡Matad al Rey!
El daño es irreversible, le hiero todas las noches de silencio sepulcral, en mis lágrimas y en mi aparente indiferencia, cada latido de mi enajenado corazón se clava sobre su alma, mis lágrimas le queman las esperanzas de levantarse de ese trono enraizado en su profunda amargura, desatinos de mi corazón herido y resentido con su pálida estampa. Mis demonios me atormentan:
- ¡Matad al Rey!
Acarició su piel de mármol y le hiero con mis caricias, el se hace masoquista en un grito ahogado que clama por un último beso, delineo sus fríos labios con mis dedos y le pregunto -¿Dónde está mi Rey y Señor?
El silencio ha expropiado el canto de las aves y la tormenta ilumina de relámpagos la oscuridad de este salón, abatido de recuerdos, con cadáveres de promesas colgando en las paredes, a quien he matado yo mismas en mi inexplicable deseo de venganza. Espíritus se pasean y le contemplan, moribundo en una coraza de piedra que le aísla el corazón que ya no quiere seguir. Mis demonios me atormentan:
- ¡Matad al Rey!
Estoy enamorada con odio de su recuerdo, de su realidad a la cual me ata como un hechizo malévolo a este castillo, su alma clama por mi voz y solo murmuro entre los recovecos con lagrimas frías tras los cristales de los grandes ventanales, nunca deja de llover y esto es el reino de la eterna noche. Inexpresivo se ha vuelto su rosto en el cual dicen las entidades que le han visto lagrimas como cristales que se pierden en la bruma. Algunas veces sueño que despertará y podría volver a verle como en los tiempos en los que había esperanza, pero al despertar continua ahí, inmutable y distante.
En ocasiones le escucho llamarme, susurrarme que me ama entre sueños, y al buscarle solo encuentro el silencio y la soledad danzando en mi entorno. Esto es el final, repito en mi cabeza mientras mi lágrimas afloran como pétalos de cristal con los que he hecho un collar para lucirle en mi cuello. Quiero besar sus labios pero no soy digna ni en el caos de su derrota. Mis demonios me atormentan:
- ¡Matad al Rey!
Recuerdo sus rizos dorados, sus ojos violetados, su piel como pétalo de lirio sonrojado, su sonrisa confiable que podría derrumbar toda la oscuridad de mi corazón, su porte de caballero, su contextura fuerte, su voz armoniosa y su facilidad para tener al mundo a sus pies. Todo un ángel bañado en hermosa luz que podía levantarme del sueño de la muerte solo con el reflejo de su sombra, el amado, a quien era difícil no amar. Ha empalidecido y se ha convertido en un mármol que duerme sin esperanzas posibles para despertar, el castillo se sumergió en las tinieblas y yo con él. Mis demonios que atormentan:
- ¡Matad al Rey!
El daño es irreversible, le hiero todas las noches de silencio sepulcral, en mis lágrimas y en mi aparente indiferencia, cada latido de mi enajenado corazón se clava sobre su alma, mis lágrimas le queman las esperanzas de levantarse de ese trono enraizado en su profunda amargura, desatinos de mi corazón herido y resentido con su pálida estampa. Mis demonios me atormentan:
- ¡Matad al Rey!
Acarició su piel de mármol y le hiero con mis caricias, el se hace masoquista en un grito ahogado que clama por un último beso, delineo sus fríos labios con mis dedos y le pregunto -¿Dónde está mi Rey y Señor?
El silencio ha expropiado el canto de las aves y la tormenta ilumina de relámpagos la oscuridad de este salón, abatido de recuerdos, con cadáveres de promesas colgando en las paredes, a quien he matado yo mismas en mi inexplicable deseo de venganza. Espíritus se pasean y le contemplan, moribundo en una coraza de piedra que le aísla el corazón que ya no quiere seguir. Mis demonios me atormentan:
- ¡Matad al Rey!
Estoy enamorada con odio de su recuerdo, de su realidad a la cual me ata como un hechizo malévolo a este castillo, su alma clama por mi voz y solo murmuro entre los recovecos con lagrimas frías tras los cristales de los grandes ventanales, nunca deja de llover y esto es el reino de la eterna noche. Inexpresivo se ha vuelto su rosto en el cual dicen las entidades que le han visto lagrimas como cristales que se pierden en la bruma. Algunas veces sueño que despertará y podría volver a verle como en los tiempos en los que había esperanza, pero al despertar continua ahí, inmutable y distante.
En ocasiones le escucho llamarme, susurrarme que me ama entre sueños, y al buscarle solo encuentro el silencio y la soledad danzando en mi entorno. Esto es el final, repito en mi cabeza mientras mi lágrimas afloran como pétalos de cristal con los que he hecho un collar para lucirle en mi cuello. Quiero besar sus labios pero no soy digna ni en el caos de su derrota. Mis demonios me atormentan:
- ¡Matad al Rey!
Mis manos desean terminar con su dolor pero mi alma desea caprichosamente tenerle aun en el dolor que liberarle y quedar atrapada junto con su cadáver por la eternidad, soy egoísta pero el amor nos convierte en seres así. O tal vez estoy enamorada con odio. Descanso a sus pies y sus ojos inertes me ven fijamente, delinean mi silueta como si comprendiera mis pensamientos y a su vez no le importaran otra cosa más que tenerme junto a él. Cadenas invisibles nos aprisionan en el tiempo, podríamos contemplarnos por rato y sentir que no ha pasado una eternidad. En las tormentosas horas el me pide que le quite la vida y solo puedo deslizar mis dejos por sus mejillas y quedar en silencio, desde aquel fatídico atardecer en el cual me despedí de la luz del sol.

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